Preso ventanilla


Una memoria finita para el inmenso Beto (La Bestia Políglota)
julio 22, 2011, 2:51 am
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El Perro Proletario, nuestro primo que suele poner luz sobre temas que nos exceden, me decía que los recuerdos lo han perseguido esta semana; se despertaba y había soñado que ya los había pasado al papel…así de arremolinadas vienen las sensaciones.

Para que esos recuerdos y reflexiones no se pierdan, se puso firme y aquí están, a modo de pequeño homenaje al querido Beto:

Mi primer recuerdo del Beto es en el campo de unos tíos, en el que muchos primos pasamos vacaciones de verano. Recuerdo una noche de
magia, en la que Beto y Julio, los primos más grandes nos entretenían a los más chicos con trucos de magia, a la luz de un farol. O tal vez,
mi primer recuerdo del Beto sea escucharlo contar un chiste en alguna reunión familiar o imitar a algún cantor popular, acompañado por una guitarra. Era un buen narrador de historias y disfrutaba de hacer reír a los demás. O cuando nos visitó en el pueblo, en casa de mi familia, con el programa de ir a bailar, previa cena. Programa que se alteró, porque yo, que era un niño algo inquieto, por decirlo de alguna manera, volqué involuntariamente un vaso de vino en su pantalón Oxford.

O cuando nos inició, a Marcelo y a mí, en los sonidos del rock, a través de un pasa-magazines, una tarde en la que andábamos correteando (y, obviamente, molestando) por la casa de Pasaje El Rastreador. Recuerdo la impresión que me llevé. Nos hizo escuchar Black Magic Woman del disco de Santana en Buenos Aires y Money, de A Dark Side Of The Moon, de Pink Floyd. Todo esto pasó antes de que yo cumpliera diez años de vida. Esa tarde quedó grabada a fuego en mi memoria porque fue iniciática.

El Beto me hizo ingresar a un círculo del que ya jamás saldría, un círculo en el que la música era algo más que una combinación de sonidos para el entretenimiento. En esa música—y en toda la que vino después, ya con Marcelo como compañero de ese viaje—se jugaban muchas cosas que iban más allá: ideologías, posturas ante la vida, búsquedas de sentido. En definitiva, una suerte de estética de la existencia.

Hace un par de años, fue a cenar a casa y le regalé un libro de Fabián Casas, Ensayos Bonsái. Se lo regalé porque me parecía que en las experiencias que refiere Casas en sus ensayos se reflejaban para mí, buena parte de los elementos de esa estética de la vida que el Beto nos había transmitido desde chicos, tal vez, sin proponérselo. El Beto era todo lo opuesto a un prosélito o a un fanático: era un libre de espíritu. Todo lo contrario, radicalmente contrario de eso que Casas en su libro llama “la reacción”.

Recuerdo muchas otras cosas del Beto, en estos días, me han venido a la memoria recuerdos de la infancia y de la adolescencia en los que él anda entreverado. Me los guardo. El Beto es una confirmación fáctica de eso que dice Spinoza: “El que tiene un cuerpo apto para muchas cosas, tiene un alma cuya mayor parte es eterna”. Ser apto para muchas cosas es poder afectar a otros de alegría, comunicarles experiencias y “partes de sí” que los engrandecen. Como el Beto hizo eso con mucha gente, muchas partes suyas viven en nosotros y seguirán viviendo en nuestra memoria, y en cada gesto que nos viene de ahí, del modo como aprendimos, desde pequeños, a ser quienes somos. Y hay un único modo para eso: Imitando a otros que queremos y que nos quieren.

Una más del libro de Fabian Casas. Cuando el Beto volvió de sus vacaciones en Chile, nos juntamos a cenar de nuevo en casa. Me hizo un comentario sobre el libro de Casas. Lo había disfrutado y era para él como un testimonio generacional de lo que significó ser joven en la Argentina de los años de plomo.

Dice la leyenda que Caronte te pide unas monedas para pasar al otro lado. El Beto seguro lo arregló con una conversación agradable y unos buenos mates amargos.

La tapa del primer disco de Almendra no es casualidad. Es fiel representante de un ideario que nos contiene, y además fue el primer disco que mi hermano me hizo escuchar cuando yo tenía siete años…


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